27 Y 28 DE MARZO
La clase se inició con la aportación de una compañera sobre una vivencia propia sucedida en el metro durante las fallas, en la que presenció como un grupo de hombres jóvenes atosigaban a chicas, ejerciendo la fuerza para entrar al vagón e impedir que otras pudieran hacerlo y después se reían durante todo el trayecto de las chicas que seguían llorando.
Tras la aportación, esta semana, previa a las vacaciones, se ha dedicado a avanzar en el Proyecto de Intervención. Tras repasar por encima lo trabajado con anterioridad en el aula, se introduce un nuevo elemento a tener en cuenta para la elaboración del proyecto: los objetivos.
Los objetivos del proyecto deben desarrollar la finalidad del mismo (¿para qué?).
En el ámbito social, actualmente, predomina un modelo que concreta mucho los resultados que se busca obtener. En contraposición, en el ámbito educativo se plantea un modelo que sugiere que no siempre es necesario especificar tanto.
El origen de la planificación parte de la educación y se relaciona con las Teorías de la eduación. En primer lugar, el conductismo (psicología científica, años 40 y 50), pretende explicar la conducta humana basándose en la idea de que esta es lo único demostrable del comportamiento humano (estímulo-repuesta). Por tanto, lo único que se puede estudiar científicamente serían las respuestas concretas. En educación, el conductismo requiere concretar mucho la conducta que se pretende obtener, para saber si se cumplen los objetivos y, comprobar así, si se aprende o no. En definitiva, se da más peso al resultado.
En los años 70 y 80 surge la psicologia del aprendizaje, que otorga más peso al proceso y sitúa los objetivos como una guía del mismo. Eso se debe a la idea de que, cuando concretamos el resultado que pretendemos obtener, tendemos a centrarnos en aquello que es fácilmente medible.
Tras esta explicación, se plantean tres modelos diferentes de objetivos posibles para el proyecto:
- MODELO A. Se trata de plantear objetivos generales que marquen hacia dónde vamos a largo plazo, es decir, que supongan una guía orientadora de la acción y permitan saber hacia dónde pretendemos dirigirnos, sacando el máximo partido, pero sin concretar los resultados.
- MODELO B. Se trata de definir los resultados finales que se quieren obtener, es decir, se plantea un resultado concreto y, mediante un indicador que lo permita, se comprueba si se ha cumplido o no. El problema que plantea este modelo es que la suma de los diferentes resultados nunca nos lleva al resultado general, ya que durante el proceso se nos escapan muchos elementos.
- MODELO 3. Es el modelo planteado por Ander Egg y consiste en establecer únicamente un objetivo general y, a partir de este, objetivos específicos y metas sobre lo que se pretende hacer.
Después de plantear los diferentes modelos de objetivos, se pasa a la explicación de la organización y metodología que compone la parte de organización del proyecto.
En esta parte, se plantean tres cuestiones importantes a tener en cuenta: en primer lugar, es necesario determinar cuál será el rol que adoptaremos con los usuarios y las usuarias hacia los que va dirigido el proyecto (más o menos directivo, en grupo...). Además, es importante planear cómo se apuntará la gente al proyecto (los primeros que lleguen, informe de la trabajadora social...). Por último, se debe pensar si se establecerá un precio simbólico que no esté vinculado con la financiación del proyecto. No siempre será necesario, pero en ocasiones supondrá un aliciente para que las personas se comprometan asistir y, en caso de que alguien no disponga de recursos económicos pero sí esté interesado/a en el proyecto, se puede realizar una entrevista que determine su interés.
En el caso de nuestro grupo, el único modelo de objetivos que conocíamos hasta el momento era el modelo B, es decir, únicamente contemplábamos la opción de concretar mucho los resultados que queríamos obtener. Sin embargo, nos resulta interesante que existan otros modelos que no los concretan tanto, puesto que dejan abierta la puerta a resultados inesperados que pueden ser muy positivos. Además, no excluyen aspectos que no se pueden medir pero que también son positivos para las personas.
Creemos que, trabajando con personas, es difícil planear exactamente aquello que se pretende conseguir y, que si se hace, se dejan fuera demasiadas consecuencias que pueden ser interesantes derivadas del proyecto y que no se ha imaginado poder conseguir.
Por otro lado, tampoco nos habíamos planteado la idea de poner precio a un proyecto pero, durante la clase, nos dimos cuenta de lo importante que es que las personas con las que trabajamos valoren aquello en lo que están participando, se involucren y se sientan comprometidos con ello, de manera que su implicación se traduzca en resultados más duraderos y positivos. Y para ello puede ser interesante que aporten un precio simbólico, que no suponga un problema para ellos/as, pero que permita que las personas que acudan como participantes del proyecto, sean aquellas que estén realmente interesadas en el mismo.
Creemos que, trabajando con personas, es difícil planear exactamente aquello que se pretende conseguir y, que si se hace, se dejan fuera demasiadas consecuencias que pueden ser interesantes derivadas del proyecto y que no se ha imaginado poder conseguir.
Por otro lado, tampoco nos habíamos planteado la idea de poner precio a un proyecto pero, durante la clase, nos dimos cuenta de lo importante que es que las personas con las que trabajamos valoren aquello en lo que están participando, se involucren y se sientan comprometidos con ello, de manera que su implicación se traduzca en resultados más duraderos y positivos. Y para ello puede ser interesante que aporten un precio simbólico, que no suponga un problema para ellos/as, pero que permita que las personas que acudan como participantes del proyecto, sean aquellas que estén realmente interesadas en el mismo.
Inmaculada Bujalance Torres


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